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La palabra rota. Algunas notas sobre "El silencio de Dios" en la poesía de Paul Celan (Parte II)

“Después de Auschwitz no se puede escribir poesía.” La frase absoluta de Theodor Adorno se muestra insuficiente ante la obra de Paul Celan y otros autores del siglo XX y del que recién inicia. Es posible escribir poesía, aunque de modo diferente.

La vida de Celan estuvo siempre lastimada por la soledad de la poesía y del poeta. La soledad, lo sabemos bien, es la ausencia de significado. Arriesgo entonces: el poeta en estos tiempos es quien busca la recuperación del sentido por medio de lo primigenio, esto es, de las palabras originales, de los balbuceos que tratan de nombrar el mundo habitado y habitable. Esas palabras que saben de su fabilidad y lo intentan de nuevo, en un constante diálogo con el mundo tal y como lo hacemos en el diálogo interior que siempre somos (Hölderlin). Eso es la poesía, lo demás es mero divertimento.

Pero recuperar esos balbuceos, lleva consigo el riesgo de ser considerado un desfasado, imprudente, inoportuno: “¿Qué es la soledad del poeta? –Un número de circo que no se anuncia en el programa”
[1]. No anunciado ante el gran auditorio de personas “cultas”, solemnes, esperando disfrutar de una función deliciosa en suntuoso recinto de apogeo capitalista; cultura artificial de poses pedantes, afectadas y estudiadas que interpretan las artes y las letras como hobby, el pasatiempo propio de la "gente decente" que les confiere un halo de prestigio.

Pero, ¿cuál es el contexto de este intento de recuperación en la poesía? Es la sociedad del capitalismo avanzado, cuyo fruto es la tecnociencia, parida al abrigo de los recursos telemáticos de información planteria en la era del nihilismo cumplido. Esta sociedad vive bajo el pavimento del Gran Lenguaje, formado por palabras muertas, unívocas, absolutas; aptas para manejarse en los mercados de derivados, en las finanzas golondrinas o en la política barata. Así es, la tecnoestructura concibe al lenguaje como una obviedad; lo cual impide mirar el “misterio ontológico” de este mundo y de uno mismo. Ceguera reductiva de la instancia vital, del lebenswelt, orillado a hundir el ser en la nada, en el abismo de lo negativo, generando una cultura nihilista a la manera festiva, tal y como conjeturó Augusto del Noce. Una fiesta estridente que embriaga al ser humano en el vértigo de la propia contingencia, de tal manera que no proteste ante una existencia entendida en términos de finitud: el Zaratustra nietzcheano ha triunfado.

Recuperar la auténtica dimensión del lenguaje fue la tarea de Celan, o al menos es lo que percibo. Tarea ímproba e ingrata, dada la precariedad de los tiempos que corren. Así, el discurso pronunciado como agradecimiento por el premio de poesía en la ciudad de Bremen, puede ser entendido como la fórmula celasiana de búsqueda:

“El poema es solitario. Es solitario y está de camino. Quien lo escribe queda entregado a él. ¿Pero no está el poema por esto mismo, es decir, ya aquí, en el encuentro, en el secreto del encuentro? El poema tiende hacia otro, necesita de ese otro, necesita de un enfrente. Lo busca, habla para él...”
[2]

Así pues, habremos de trazar el posible itinerario que Celan siguió. Mi hipótesis, entonces, es que la recuperación del lenguaje en Celan, pasa por medio de la recuperación del otro, de ese que esperamos encontrar: el "yo" que busca el "tú" humano y el "Tú" divino.
Notas

[1] Cfr. John Felstiner, Paul Celan. Poeta, Superviviente, Judío, Editorial Trotta, Madrid, 2002., p. 85.

[2] Citado en Margo Glantz, Paul Celan. En el fondo, Semanario "La insignia", 12 de diciembre de 2003.