lundi

Un momento teológico del Serch

En una entrevista, Luigi Giussani expresó la siguiente frase: «La Virgen María es la presencia que se opone al nihilismo». Tal sentencia me tiene reflexionando desde hace tiempo. ¿Qué tiene que ver esta mujer confinada al ámbito de lo mítico, de las inspiraciones y de la devoción privada con un fenómeno cultural postmetafísico, que es el modo de vida imperante en el occidente opulento y “economías emergentes”?, ¿por qué ella es una presencia y cómo es que se opone al nihilismo?, ¿de qué nihilismo estamos hablando?, etc. [1] Preguntas que no planeo contestar aquí. Mejor continuo desarrollando mi perplejidad.

Aseveraba Nietzsche: «¿Qué significa nihilismo? Que los valores supremos se desvalorizan. Falta la meta; falta la respuesta al “¿por qué?”». Esta ausencia de meta se puede vivir de distintos modos: festivamente, esto es, entender la falta de meta como la “oportunidad” para que la creatividad humana se despliegue con toda su potencia, o bien, de manera decadentista como el “todo vale” y el carpe diem: ¡comamos, gocemos y vivamos porque mañana moriremos! Ambas opciones, me parece, se puede englobar en ese concepto jabonoso denominado “posmodernidad”.

Grosso modo, se puede decir que tal posmodernidad juega sus cartas apostándole todo a la finitud: “se trata de acostumbrar al sentimiento más íntimo a la idea de que no hay nada más que el mundo y éste sólo como finito; del ejercitarse el hombre en una existencia que es sólo mundo. La teoría del eterno retorno de lo mismo agudiza esta predicación y esta exigencia hasta el extremo, más aún, hasta el horror. Es un intento de reconformar el más íntimo sentimiento existencial; de criar al hombre sólo del mundo, el hombre que no quiere más que la finitud, y que, por eso, no eleva ninguna protesta contra ella” (Romano Guardini). No hay protesta porque hay festejo de la finitud, entendida esta como el límite infranqueable, pero posibilitador de la experimentación de las múltiples máscaras en el infinito juego de la interpretación. Se trata de la finitud entendida como autosuficiente y no como el signo que remite al Misterio que nos constituye.

Se me ocurre pensar —que no experimentar pues no soy cristiano—, que la Virgen es la presencia que se opone al nihilismo porque ella es la llave de la Encarnación. Si algo caracteriza al cristianismo es el pretender que la liberación de todo el desgarriate que hay en el mundo y en uno mismo acontece por medio del seguimiento de una Persona, de una Presencia carnal que actúa en el tiempo y en el espacio y por tanto se hace contemporánea nuestra en la comunidad de los creyentes.

“Sólo la carne es realmente salvada mediante la carne”, decía Ireneo de Lyon. Por tanto, el quid de todo es saber qué es lo que exalta –salva, renueva, libera- la finitud, cómo valorar y entender la finitud: consumiéndola, devorándola en el vértigo del instante; o abrazándola en lo que tiene de promesa, de signo, de espera. Y es que también el cristianismo juega todas sus cartas a favor de la finitud como vía y modo en que acontece la redención. No como la negación de nuestra finitud sino como su puntual cumplimiento. No por casualidad, también de Giussani es la frase “hay que vivir intensamente la realidad”.

Por supuesto soy el último en llegar a comprender a cabalidad todo esto. Lo cual no implica que lo descarte de manera superficial. Y es que para poder entender la finitud tal como lo ve el cristianismo, hace falta experimentar una nueva manera de mirar la vida desde la óptica del amor: mirar como soy mirado. Por eso tengo que detenerme y dejar hasta aquí estas consideraciones, pero concluyéndolas con las palabras de Massimo Borghesi: «Sólo la caridad, en la que conviven estupor y sacrificio, abre a la esperanza, a la esperanza de que el Ser triunfe sobre la nada, el amor sobre la muerte. Abre a la alegría, a la certeza de que el Ser es bueno y que me quiere. El cristianismo es la experiencia que introduce en esta percepción del Ser. Si no, es una ideología que, como todas las ideologías, contribuye a hacer más pesado el fardo de la existencia».

Puede que no tenga razón, pero puede que sí. ¿Y qué tal si es verdad?


¿Será?

Nota


[1] Es curioso que Nietzsche tenga un aforismo muy similar, donde es el arte y no la Virgen, lo que se opone al nihilismo: “El arte se el mago que salva del nihilismo”. Da mucho que pensar encontrar en la historia de la filosofía, que el arte cobra relevancia filosófica ahí donde acaece “la muerte de Dios”, esto, sin duda, de forma sistemática en la Estética de Hegel y preludiada en el romanticismo alemán.