mardi

Política cultural

Para Pablo y Esteban, con mucha estima
en medio de las diferencias...
Los mundos posibles. La afirmación fue: con AMLO en el poder, la política cultural quedaría en manos de una “camarilla de intelectuales”. La objeción es: eso no es así si miramos lo que el tabasqueño hizo en esa materia durante su gestión como jefe de gobierno. Sin embargo, me baso en dos argumentos para sostener mi posición: la ambigüedad de los resultados de las acciones en el rubro cultural, y las actitudes de López Obrador.

Es cierto que en los 50 compromisos por la democracia, López Obrador afirma la necesidad de que las políticas culturales sean fijadas de manera vertical, donde los artistas, la sociedad civil y otros sectores de la población, participen para dar fisonomía a las directrices y dispositivos de operación para la política cultural.

Enrique Semo, al suceder a Alejandro Aura en la Secretaría de Cultura del DF, señaló la necesidad de una gran reforma cultural derramada hacia toda la sociedad. En mi percepción, esta loable intensión, arroja un producto ambiguo.

En efecto, a la par de los eventos de carácter popular (verbenas, conciertos de rock, bailes guapachosos, etc.), se trató de sacar las obras de arte y la alta cultura a las calles (por ejemplo, las exposiciones en el metro, en el Paseo de la Reforma, etc.). Sin embargo, el carácter ambiguo radica justamente en esta mezcla tan rara entre alta cultura y eventos populares. Exponer cuadros y piezas de arte en las calles sin un aparato educativo que las permita apreciar, es tan errado como pretender un país de lectores a través de la sobreoferta editorial del Estado, sin una estrategia de divulgación y educación adecuada para elevar el nivel educativo y la apreciación estética del pueblo.

Pero para un gobierno ufano en arraigo popular, la inversión en ciencia, humanidades y alta cultura no parece ser muy redituable. De otra manera no se explica la rara mezcla entre recreación y cultura. Sería interesante preguntarle al grueso de la población capitalina qué recuerdan más de estas actividades: las ediciones de la Feria del Libro, o el concierto de Paquita la del Barrio. Las políticas públicas tienen como fin, hasta donde se, incidir con alto impacto en la población; los resultados de tal incidencia se pueden medir por la memoria de los destinatarios, lo cual repercute en la valoración de tales políticas. Más no sólo eso. Un criterio más “objetivo” es el impacto social que mejora la calidad de vida de la población. Esto se puede medir, por ejemplo, con indicadores educativos en cuanto al índice de alumnos, artistas, becas y estancias en el extranjero, apoyos institucionales que fortalezcan iniciativas y programas culturales, promoción y difusión de la cultura, no sólo mostrando obras. Pero, si hacemos caso a la UNESCO, el asunto no es meramente cuantitativo, pues hace falta ser educando en la belleza de estas obras (nadie se ocupa o se toma la molestia de proponerlo sistemáticamente).

Esto habla, no tanto del interés de López Obrador por al cultura, sino de sus buenas intenciones. Sólo que, como sabemos, de buenas intenciones está plagado el camino al infierno.

Además, la gestión de su gobierno y en general, su trayectoria política, me indican tres obstáculos que darían al traste con esta propuesta de verticalidad en la configuración de programas y políticas públicas en materia cultural:
a) Poca capacidad de diálogo incluyente con varios sectores de la población, entre ellos, la clase media. Me pregunto si lograría amplios consensos para la formulación, implementación y seguimiento de programas culturales, hechos por esa convergencia multisectorial de la sociedad, o más bien, para simplificar el asunto, lo dejará a una junta de notables, lo cual, puede traer, como consecuencia, la coptación de la que hablo; b) poca capacidad de promover cambios estructurales. Una eficaz política cultural implica la reestructuración del sistema educativo, del CONACULTA, implica reformas como la fiscal, laboral, etc. Si López Obrador verdaderamente decidiera cumplir su propuesta cultural, tendrá que decidir entre perder popularidad, o bien, dar “atole con el dedo”; esto último lo puede hacer con la conformación de esa convergencia entre sectores, que al final, para que quede en manos de alguien “competente”, lo relegará a los notables, y de nuevo, en manos de cofradías intelectuales. Y bien sabemos que un excelente creador no necesariamente es un buen gestor administrativo.

No nos hagamos tontos. Existen mafias enquistadas en el aparato cultural, que muy difícilmente estarán dispuestas a renunciar a sus privilegios. Los homenajes, becas, premios, puestos, etc., es el botín a repartir. Es más redituable que sistematizar el trabajo realizado en administraciones anteriores, generar procesos de autonomía que impulsen la creatividad fuera de los espacios oficiales, y la divulgación estratégica.

Por último, habrá que saber qué significa la cultura para AMLO. Su gestión en el DF me da la sensación de que para él la cultura no es un "arsenal espiritual" para las personas, que permita enfrentar las preguntas fundamentales y los retos de la existencia por medio de las más grandes creaciones; más bien, para ex jefe de gobierno, la cultura es más bien un hobby, un entretenimiento lúdico para el tiempo libre.
Y bueno, si no discuto la propuesta cultural de Felipe Calderón, es porque, simplemente, no existe, por tanto, no hay nada que discutir.