Don Giovanni: Vida, amor y muerte
Para Julián De La Morena,
cuyo testimonio me da la esperanza
cierta de que existe otro modo de amar en este
mundo que no ansía matar el amor.
Para Iván Contreras, porque en poco tiempo,
me ha enseñado tanto. ¿Qué se puede decir
de un ya, muy querido amigo?
cuyo testimonio me da la esperanza
cierta de que existe otro modo de amar en este
mundo que no ansía matar el amor.
Para Iván Contreras, porque en poco tiempo,
me ha enseñado tanto. ¿Qué se puede decir
de un ya, muy querido amigo?
«cuando no se sabe morir para que el otro sea,
se hace morir al otro para sentirse ser.»
Olivier Clément
«Dueño de mi es la memoria del cuerpo...»
Iván Contreras
¿Quién es Don Giovanni? Todos conocemos más o menos la respuesta: es el arquetipo del hombre sensual enrolado en el gran teatro del mundo, el amante bello, esplendoroso y derrochador de encanto dispuesto a la siguiente conquista; el trasgresor admirado por su osadía, temido por su intemperancia y evitado-buscado por su desenfreno, capaz de seducir y agradar con una simple mirada, ademán, talento o pose. Pero ¿quién no ha tenido el deseo, al menos una vez, de ser ese hombre?, ¿quién no se siente atraído por este modo de vida dionisiaca que exalta el riesgo, la aventura y la conquista como modos supremos de vivir? El estilo de vida estético es atrayente, fascinante; ejerce el atractivo de lo prohibido, del vértigo que, al menos por unos momentos, nos hace sentir vivos.
Sí, es el disoluto, pero ¿qué hay detrás de esta inquietante voracidad erótica? En la famosa aria del Don Giovanni de Mozart, Madamina, il catalogo è questo (Señora mía, este es el catálogo), el fiel sirviente, Leporello, canta las andanzas de su patrón, y parece develarnos el secreto íntimo del protagonista “Delle vecchie fa conquista / pel pieacer di porle in lista.” El instinto erótico trasmutado en mero placer. La vida estética de un hombre para el cual, su avidez erótica es exigencia de Otro.
Ese es el esteta: el que vive a flor de piel, el cazador de sensaciones volcado sin límites en la inmediatez, en el instante huidizo e irrepetible en lo que tiene de interesante y placentero; el hedonista que ordena su existencia al placer y al goce en toda su casi infinita gama de posibilidades, desde el goce de la vida hasta el goce de sí mismo. Pero si el Don Giovanni mozartiano vive entre la aventura y el vértigo del placer, será Kierkegaard quien mostrará en toda su magnitud las últimas consecuencias el paradigma del seductor: éste no es un simple burlador, un disoluto vulgar. Está armado de reflexión, imaginación y aguzada sensibilidad, instrumentos que, como espada de dos filos, primero abren el camino que conduce al goce espiritual más refinado, pero que se vuelven contra el que los utilizó: se retorna una y otra vez sobre las nuevas experiencias vividas como únicas, cuando en realidad, son la mera repetición de lo ya vivido. Ese es el engaño del carpe diem: en realidad no se está en el presente, no hay verdadero hic et nunc, sino mera repetición. El hombre estético no puede pasar a la etapa ética. En efecto, el que vive estéticamente no deviene: se desarrolla como necesidad y no con libertad: eterno retorno, no presente genuino. Su alma es como un terreno donde florecen toda clase de plantas: todas tienen derecho de crecer. En su elección no hay diferencias absolutas –que además, se jacta de no tenerlas-: el bien y el mal, sino sólo relativas: el más y el menos.
Pero tarde o temprano se percibe que la existencia estética conduce inevitablemente al fracaso. El esteta es en el fondo un desgraciado. Vive en el instante, buscando ansiosamente una sensación que se le escapa, dejándole perpetuamente vacío –lleno de vacío, lo cual entiende como "plenitud"-. Todo está suprimido salvo la vertiginosidad del instante que se evapora. ¿Por qué maravillarse entonces, si uno se extravía en la perpetua angustia de perderlo? El esteta es, lo sepa o no, un desesperado.
Lo que queda es la trasgresión: hacer cada vez más emocionantes y deslumbrantes las nuevas conquistas, portadoras de la unión entre Eros y Tánatos, amor y muerte. Llegamos así a la concepción de amor de Don Giovanni que Mozart presenta en el primer acto, cuando el protagonista mata al Comendador, el hidalgo español padre de Doña Ana, la dama que acaba de seducir con el engaño. El mensaje de esta página extraordinaria es evidente: el amor como posesión siempre es, en último término, un homicidio, un acto que desfigura y destruye. Encontramos a Don Giovanni en el frenesí embriagante del placer anhelado porque sí, como abrevadero manantío para sosegar la sed: una búsqueda que no se entiende a sí misma.
«La sed de absoluto hace que se espere todo durante un momento, conscientemente o no, de un ser precario que también necesitaría ser salvado, y antes o después se le ignora, se le hiere, se le destruye. Esto desplaza la búsqueda de absoluto hacia el placer mismo, la búsqueda de lo sagrado hacia la profanación (...) Al final de las “liberaciones” surgen gestos de verdugo o de esclavo. Georges Bataille celebra en la relación entre víctima y verdugo [Marqués De Sade] la relación erótica suprema, quizás el éxtasis: cuando no se sabe morir para que el otro sea, se hace morir al otro para sentirse ser.» (Olivier Clément)
¿Hay otra alternativa al amor entendido como un devorar al otro hasta su destrucción? En el Miguel Mañara de Oscar V. Milosz se vislumbra la posibilidad de otro modo de ser. En el famoso diálogo con Jerónima, se explica la intuición: “Las flores son hermosos seres vivientes a los que hay que dejar vivir y respirar el aire del sol y de la luna. Nunca las recojo. Se puede amar perfectamente en este mundo sin tener ansia de matar el amor”.
Al respecto, Luigi Giussani comenta “Jerónima para Miguel es un signo, una presencia que hace abrazar, que facilita un abrazo universal. Estos factores pertenecen a la estructura de nuestra vida. Poco o mucho, cada uno de nosotros ha presentido estas cosas en una realidad cercana.” Un acontecimiento que rescata incluso a Don Giovanni a través del histórico Miguel Mañara. Gracias a un Hecho que le ocurre, el alter ego de Don Giovanni vislumbra un paraíso posible, aquí y ahora. “No hay que olvidar ni renegar de nada –añade Giussani-, no hay ninguna clase de mutilación. Sólo una resurrección.”
Quizá Don Giovanni encierra un paradigma que es reflejo fiel de nuestra época posmoderna: la exaltación de la finitud en términos del amor fati, es decir, la aceptación de la existencia tal y como es; de acostumbrar al sentimiento más íntimo a la idea de una existencia entendida como finitud encerrada en sí misma, de un hombre que sólo anhela finitud y en ella se regodea como existencia trágica que se busca y se reivindica como tal.
Los enemigos de la libertad, no fueron tigres de papel…
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