¿Es posible la paz?
“¿Cómo pueden promover los pueblos de verdad la paz internacional, si son
ellos mismos prisioneros de ideologías según las cuales la justicia
y la paz no se obtienen más que reduciendo a la impotencia a aquellos
que, ya de antemano, son considerados indignos de ser artífices
que, ya de antemano, son considerados indignos de ser artífices
de la propia suerte o cooperadores válidos del bien común?”
Juan Pablo II, 11 de marzo de 2003
Juan Pablo II, 11 de marzo de 2003
K
"Kalayev, socialista revolucionario, está en prisión, culpable del atentado terrorista
que acabó con la vida del Gran Duque (signo del despotismo). La Gran Duquesa
le visita en prisión:
K
LA GRAN DUQUESA (Se sienta, como agotada)
Ya no puedo estar sola. Antes, si sufría, él podía ver mi dolor. Sufrir era
bueno entonces. Pero, ¿con quién hablar? Los otros no saben. Fingen
que están tristes. Lo están, una o dos horas. Luego se van a comer... y a
dormir. Dormir sobre todo... He pensado que debías parecerte a mi.
Tú no duermes, estoy segura.
Y, ¿con quién hablar del crimen sino con el criminal?
K
KALAYEV
¿Qué crimen? Yo sólo recuerdo un acto de justicia.
K
LA GRAN DUQUESA
¡La misma voz! Lo has dicho con la misma voz que él. Todos los hombres
adoptan el mismo tono para hablar de la justicia. Él decía: "¡Esto es lo justo!"
y los demás debían callarse. Quizá se equivocaba,
quizá te equivocas..."
k
Albert Camus, Los justos
Para Esteban King, con estima
Con ocasión de un post que Esteban ha colocado en su blog, he querido hacer esta pequeña reflexión en torno a la paz.
Dándole vueltas a este asunto, llego a la conclusión de que el quid de la cuestión es saber cómo lograr la unión entre los humanos, tanto de los próximos (amigos, familia, pareja, etc.), a fin de permanecer vinculados sin fracturar esas relaciones tan queridas y también, estar abiertos a aquellos que nos pueden parecer “indeseables” u “hostiles” simplemente por ser diferentes.
Dicho en otros términos, ¿cómo logramos la paz? Más aún ¿es posible la paz?
Y son preguntas allende a las estrategias y las acciones políticas, que son útiles pero no suficientes.
Nuestro mundo ha estado siempre asolado por las guerras. No sólo la guerra entre pueblos y naciones, sino también la división que se insinúa en las relaciones más “normales”: las amistades y las familias. Tal parece que los seres humanos somos portadores de una “enfermedad” incurable. Con el tiempo, en muchas relaciones la unidad se esfuma y comienza un estado de tensión o de guerra sorda o abierta.
En determinadas épocas, como la actual, todos advierten que el futuro del mundo está en manos de unos pocos. La grave crisis internacional y nuestra situación nacional, parecen reducir a muy pocos los protagonistas del panorama histórico. El mundo apela a estos poderosos para que prevalezca la voluntad de la paz en lugar de la guerra.
Pero el corazón humano, también de los que rigen el destino de los pueblos, es incapaz de llevar a cabo una paz verdadera. La experiencia enseña que el deseo más sincero no basta para alcanzar la paz ni siquiera en las relaciones más próximas y conocidas (en el lugar de trabajo, en el hogar y los afectos más íntimos). La paz que se anhela como una liberación resulta un ideal lejano, un sueño imposible.
Y justamente es en nuestra incapacidad, en nuestro límite, donde la pregunta cobra más fuerza. Porque sólo la esperanza aviva el corazón y la responsabilidad, e inclina a mujeres y hombres hacia gestos y decisiones que rompen la lógica tremenda e ineluctable de la guerra, del odio y la división tanto en las relaciones internacionales como en las cotidianas, incluso cuando parece imposible.
Quizá por eso escucho con atención a un movimiento para el cual la paz, más que una acción y construcción de los humanos, es un don de Otro; lo cual no implica no participar y promover acciones para propiciar la paz, sino batallar apoyados en una esperanza cierta que nos abra al acogimiento y no a la multiplicación de los resentimientos y las divisiones que realizamos, pese a nuestros deseos.
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