Llueve en la ciudad
A quien recortó presupuesto
para el desazolve de la "Ciudad de la Esperanza"...
Y
Hasta el día de hoy no había sufrido los estragos de los diluvios que cada día caen en Ciudad de México, pero siempre hay una primera vez.
Después de un día de harto trabajo, estudio y diversión, decido que es momento de hacer el shopping de libros. Luego de la compra estoy dispuesto a partir y justo en ese momento, se suelta en pleno la tromba.
Pretexto para quedarse unos cuarenta minutos mientras le echo un ojo a Memorias de un burgués de Sandor Marai. Ya ha pasado bastante tiempo, la lluvia no para y ya estoy cansado. Decido entonces emprender la caminata para llegar al sitio de taxis, total, no está muy lejos. Soy un cándido: luego de hacer mis mejores acrobacias para mantener el equilibrio y no ser mojado por las olas producidas por los automovilistas, pruebo el amargo sabor de la derrota al tener que pasar por calles inundadas. Empieza entonces ese ruidito y molesta sensación del chanclear del calcetín mojado con zapatos idem y pantalón lamido por el agua que corre presurosa e impune –¡ay!, ¡que tal!-. Debo tomar una decisión: enojarme o de plano chac(p)otear (¡viva mi desgracia!). Decido que por hoy mi hígado descanse y prefiero tomármelo con buen ánimo.
Después de pasar al estilo de Moisés –pero sin la ayuda del Altísimo- una amplia calle que más bien parecía río desbordado, llego al sitio de taxis: no hay. Era de esperarse con este aguacero, lo más probable es que estén flotando en algún eje vial.
Es mejor esperar. En un alarde de audacia, decido quitarme los calcetines para exprimirlos (se que más de uno me hubiera fotografiado con singular alegría para luego difundir).
Llega el taxi. Resguardado en el interior del automóvil, escucho el caos que la lluvia trae consigo al combinarse con esta bonita megalópolis del México moderno, lleno de celulares, coches, ejes viales, segundos pisos, más coches, concreto, demagogia y demás que en conjunto son "la silla desde donde podremos ver el apocalipsis" (Monsiváis).
Y luego dicen que Heidegger era un alarmista…
Después de un día de harto trabajo, estudio y diversión, decido que es momento de hacer el shopping de libros. Luego de la compra estoy dispuesto a partir y justo en ese momento, se suelta en pleno la tromba.
Pretexto para quedarse unos cuarenta minutos mientras le echo un ojo a Memorias de un burgués de Sandor Marai. Ya ha pasado bastante tiempo, la lluvia no para y ya estoy cansado. Decido entonces emprender la caminata para llegar al sitio de taxis, total, no está muy lejos. Soy un cándido: luego de hacer mis mejores acrobacias para mantener el equilibrio y no ser mojado por las olas producidas por los automovilistas, pruebo el amargo sabor de la derrota al tener que pasar por calles inundadas. Empieza entonces ese ruidito y molesta sensación del chanclear del calcetín mojado con zapatos idem y pantalón lamido por el agua que corre presurosa e impune –¡ay!, ¡que tal!-. Debo tomar una decisión: enojarme o de plano chac(p)otear (¡viva mi desgracia!). Decido que por hoy mi hígado descanse y prefiero tomármelo con buen ánimo.
Después de pasar al estilo de Moisés –pero sin la ayuda del Altísimo- una amplia calle que más bien parecía río desbordado, llego al sitio de taxis: no hay. Era de esperarse con este aguacero, lo más probable es que estén flotando en algún eje vial.
Es mejor esperar. En un alarde de audacia, decido quitarme los calcetines para exprimirlos (se que más de uno me hubiera fotografiado con singular alegría para luego difundir).
Llega el taxi. Resguardado en el interior del automóvil, escucho el caos que la lluvia trae consigo al combinarse con esta bonita megalópolis del México moderno, lleno de celulares, coches, ejes viales, segundos pisos, más coches, concreto, demagogia y demás que en conjunto son "la silla desde donde podremos ver el apocalipsis" (Monsiváis).
Y luego dicen que Heidegger era un alarmista…
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